No hay nada más atractivo para mí que las sombras de la noche para ver e imaginar cosas. Eso en lo que más me apasiona de la escritura: la inmunidad de la oscuridad. Desde allí, escondida de las miradas de todos, puedo llegar hasta lo más profundo de mis personajes. Me gusta sentir sus latidos, tocar su sudor, oler su aliento hasta escuchar sus pensamientos como si fuera yo misma. Los persigo, los acorralo y los atormento hasta hacerlos decir lo que no quieren; y luego dejarlos sin aliento bajo el yugo de mi PC.
Esa es la magia de la noche. Me alimento de ella. Tengo gustos de vampiro.
Pero yo no soy la única que se deja conquistar por esa magia que nos hace andar sin pensar en la meta, tal como hacen los chicos que persiguen la sortija del calesitero. Todos sabemos que cuando una parte del mundo duerme, la otra vive esas horas de otra manera.
Ese mismo encanto sentía Lola desde que habitaba ese departamento del tercer piso. En su pueblo no había edificios altos y fue lo primero que la conquistó de la ciudad junto con el rumor de la noche.
Cada noche, a modo de ritual, se quedaba en la cocina un rato a oscuras sentada en la mesada, asomada por la ventana. Trataba de adivinar qué estaban haciendo del otro lado del edificio, o detrás de la ventana más pequeña del horizonte. Luego se tiraba en la cama y escribía en su diario pequeñas rimas o relatos con lo que había imaginado. Era una manera de liberarse del yugo del trabajo o de no sentirse tan sola en medio de un mar de gente.
Esa noche hacía mucho calor y no quiso cenar, sólo le apeteció una fruta que comió en la cocina mientras observaba su espectáculo por la ventana: miles de lucesitas blancas salpicadas de otras que pasaban del rojo al verde con un toque de amarillo, voces que llegaban de la plaza junto con el crujir de los carritos en su rutinario recorrido, la compactadora que se detenía en cada puerta.
Todo era hermoso bajo el embrujo nocturno. De pronto sintió que no estaba sola. Algo se había movido a su espalda. Un escalofrío le recorrió el cuerpo; no se animaba a mirar. Aturdida por su propio corazón, giró suavemente con la intención de salir de allí en el momento que una mano salida de la oscuridad la tomó del cuello y la empujó contra la mesada, mientras que otra le golpeaba con un arma en la boca. El filo del mármol le dio entre las costillas y quedó sin aliento.
No podía estar pasándole esto. El brillo de la luna se reflejó en los ojos de su atacante que ya disfrutaba de su presa antes de poseerla. El arma cayó al suelo. Con fuerza bruta comprimió la garganta de la joven a la vez que con la otra luchaba con su propia ropa para liberar su sexo. El jadeo alcoholizado inundaba la nariz de Lola, el sudor del hombre le salpicaba la cara mientras que sus dedos se incrustaban más y más en su carne. Era preferible morir... pero su vida era demasiado hermosa para terminar así.
En un reflejo de supervivencia, la muchacha estiró una mano en busca de algo para defenderse y encontró el cuchillo entre las cáscaras de la fruta. Fue un segundo, el más decisivo. Cuando la bestia estaba más interesada en poder copular que en matar, el brillo de la luna se reflejó en la hoja del cuchillo que se hundía en la base del cuello del violador. La mirada moribunda se clavó en Lola por un momento. Luego, como último intento, buscó en vano el arma caída. Todo había terminado.
Lola, presa de un ataque de hiteria, apenas pudo arrastrarse hasta la sala para alcanzar el teléfono y salir a refugiarse al departamento vecino.
Esa fue la última noche que Lola vivió en la ciudad.
PERSIS
2 comentarios:
¡Vaya desilusión que se llevó Lola, con la ciudad! Has logrado poner al lector en vilo esperando un final que no defrauda. ¡Felicitaciones!
PD: No quise perderme el placer de ser tu primera seguidora.
¡Muchas gracias! Espero no deafraudarte tampoco.
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